Español

La idea de ser testigos de primera mano de un Vía Crucis – celebración católica que busca representar a través de cantos, procesiones y oraciones las ultimas horas de Jesús – nos resultaba emocionante. El viernes, después de un rápido desayuno, salimos caminando hacia El Retiro. Un pueblito fundado en 1814, que con sus calles estrechas y su plaza central donde la iglesia, el parque y los edificios gubernamentales convergen, seria el marco perfecto para empaparnos un poco de lo que es este tipo de celebraciones. O al menos eso creí.

La población total de 17000 almas parecía haberse volcado a las calles ese día. Un mar de gente que como ratas seguían la melodía del flautista, quien en este caso era un párroco que oraba a través de un par de bocinas montadas sobre el techo de un auto rojo. El calor era una baba que impregnaba todo y a todos. Y tratar de discernir el sonido que provenía de las bocinas era imposible. Nos resignamos a seguir la procesión mientras Samuel me recordaba incesantemente que le prometí un libro de colorear por acompañarnos al Vía Crucis, y mientras Valentina jugaba con los aretes de la mamá.

El Vía Crusis comprende 14 estaciones. Sufrimos solo una, la ultima gracias a Dios. No puedo imaginarme haciendolas todas.

English

The idea of being able to witness a Via Crusis or Way of The Cross – a catholic celebration that seeks to depict through processions, chants and prayers the last hours of Jesus – was thrilling. Friday, after a quick breakfast we set out to El Retiro. A small town founded in 1814 – whose narrow streets and central square where the church, park, and local government buildings converge – was the perfect backdrop for this kind of celebration. Or so I thought.

El Retiro’s total population is comprised of some 17000 souls and it seemed that every single one of them was outside, packing up the streets like rats following the tune of the flautist, in this case a parish priest praying through a loudspeaker system assembled on the roof of a red car. The heat was a slime that impregnated everything and everyone. And making out the gibberish coming out the loudspeaker was impossible. Either faith or tradition or both bring these people out year after year to suffer one of the most uncomfortable catholic celebrations I’ve been part of. We just followed along while Samuel remind me repeatedly that I was supposed to buy him a coloring book like I promised for coming with us, and while Valentina played with her mother’s earrings.

Fourteen stations make up the Way of the Cross, we suffered only one – thank God – the last one. I can’t imagine doing all fourteen.

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